CÓMO MANEJAR RABIETAS Y PATALETAS

Las rabietas son frecuentes alrededor de los 2 años de edad de los niñ@s. Es su manera de reafirmar su personalidad y su autonomía. Los signos clásicos de una rabieta se muestran con: gritos, chillidos, patadas, lanzar objetos con rabia, tirarse al suelo… Suelen suceder ante la mama/papa o la persona que lo cuida cuando no consigue algo que quiere y se frustra. Es más fácil que ocurra en casa y en lugares donde saben que los cuidadores se van a poner nerviosos y puede que vayan a conseguir lo que quieren para no pasar un mal trago.    

PARA EVITAR LAS RABIETAS

Las rabietas son parte de la vida diaria de algunos niñ@s, aunque pueden ser mucho menos frecuentes o raras en otros. Aunque tu bebé sea responsable de sus rabietas, puedes evitar muchas organizando su vida de manera que la frustración permanezca dentro de los límites de su tolerancia la mayor parte del tiempo. Siempre merece la pena evitar las rabietas si puedes hacerlo, sin comprometer tus propios límites, porque no aportan nada positivo para ninguno de los dos. Cuando debes forzar a tu hijo a que haga algo que no le resulta agradable, o prohibir algo que le gustó, hazlo con el mayor tacto posible. Si ves que se está enfadando o alterando acerca de algo, intenta hacer que le sea más fácil aceptarlo. Por supuesto debe salir con el abrigo puesto, si eso es lo que le has dicho, pero quizás no necesite llevar el cierre del cuello abrochado todavía. No hay ninguna ventaja en desafiar a tu hijo con cosas absolutas que hay que “hacer” y “no hacer” o en acorralarlo en situaciones en las que su única opción es explotar de rabia. Déjale una ruta de escape digna.

QUÉ HACER SI TU HIJO TIENE UNA RABIETA

Recuerda que su exceso de enfado o de rabia le aterroriza a él mismo. Asegúrate de que no se hace daño a sí mismo ni a los demás. Si después de que se le pase el ataque de rabia descubre que se ha golpeado la cabeza, te ha arañado el rostro o ha roto un jarrón, verá estos daños como evidencia de que no se puede controlar y que tú tampoco tienes el poder de controlarlo y mantenerlo seguro.

Puede ser más fácil mantener a tu niño seguro si lo sujetas con suavidad en el suelo. A medida que se vaya calmando y se sienta cerca de ti descubrirá, para su asombro, que todo sigue igual después de la tormenta. Poco a poco se relajará en tus brazos y los gritos se convertirán en llantos. El monstruo furioso es ahora simplemente un bebé que ha gritado hasta quedar exhausto y se ha asustado tontamente. Es hora de consolarlo.

Hay algunos niños que no soportan estar en brazos mientras están teniendo una rabieta. La restricción física les da más motivo para enfadarse y hace que todo el asunto se vuelva peor. Si tu hijo reacciona de esta manera, no insistas en dominarlo físicamente. Aparta cualquier cosa que pueda romper e intenta evitar que se haga daño a sí mismo.

No intentes discutir con tu hijo. Mientras la rabieta dura, tu pequeño está más allá de la razón. No te está escuchando. No utilices sólo el lenguaje.

No le contestes gritando, si es que puedes evitarlo. La rabia y el enfado son muy contagiosos y puede que te sientas más enfadad@ con cada uno de sus gritos. Intenta no participar en la rabieta. Si lo haces, probablemente la prolongarás ya que cuando comience a calmarse, se dará cuenta del tono enfadado de tu voz y comenzará de nuevo.

No des ninguna recompensa ni ningún castigo por una rabieta. Quieres que vea que las rabietas, que son horribles para él, no cambian nada, tanto a favor como en contra. Si tiene una rabieta porque no dejas que salga al jardín, no cambies de opinión y dejes que salga después de que se haya calmado. De la misma forma, si ibas a dar un paseo antes de que tuviera la rabieta, debes seguir con el plan, tan pronto como se calme.

No dejes que las rabietas en público te hagan sentir mal. Muchos padres temen las rabietas en lugares públicos; sin embargo, no debes dejar que tu hijo sienta esta preocupación. Si dudas en llevarlo a la tienda de la esquina, para evitar que tenga una rabieta porque quiere dulces, o si lo tratas de forma extra cuidadosa cuando hay visitas por si el trato ordinario provoca una explosión, se dará cuenta de lo que está pasando. Una vez que tu hijo se dé cuenta de que sus enfados genuinamente incontrolables tienen un efecto en tu comportamiento hacia él, es probable que aprenda a usarlos y entre en un estado de rabietas semi-deliberadas típicas de niños de cuatro años cuyas rabietas no se han manejado con eficacia.

CÓMO MANEJAR LAS RABIETAS

¿Qué hacer? Imagina que tu hijo no tendrá una rabieta, compórtate como si nunca hubieras oído hablar de ellas y luego trátalas, cuando ocurran, como algo desagradable, pero completamente irrelevante en el curso de los acontecimientos de un día ordinario. Suena fácil, pero no lo es.

Póngamos un ejemplo: Una mamá con un hijo de 20 meses. La mamá está hablando con otra persona. El niño le ha pedido que quitara la tapa de su caja de juguetes. Ella le dice, “Ahora no, es casi la hora de tu baño”, y sigue hablando. El niño le tira del brazo y le pregunta de nuevo, pero no obtiene respuesta. Luego intenta en vano abrirla él mismo. Esta cansado y la frustración es demasiado para él. Explota. Se tira al suelo. Empieza a berrear… Cuando la rabieta ha pasado y su madre le ha calmado, ella dice: “Siento que soy muy mala. Esto ha sido culpa mía. No me he dado cuenta de que era tan importante para él jugar “. Y entonces le quitó la tapa a la caja de juguetes.

El comportamiento de la madre es fácil de comprender, ¡pero también un ejemplo excelente de cómo no hay que manejar una rabieta! Ella le dijo “no” al niño cuando le pidió ayuda la primera vez, sin pararse a pensar con detenimiento en lo que había pedido. Los esfuerzos del niño para retirar la tapa de la arena no le mostraron lo desesperadamente que quería jugar, porque no le estaba prestando atención. Solamente cuando tuvo una rabieta se dio cuenta de que el niño realmente quería jugar en la arena y de que no había una buena razón para no dejarle jugar. Es normal que deseara compensar a su hijo dejándole jugar después de todo, pero era demasiado tarde para eso. Aunque no hubiera sido una buena decisión al principio, debería haber seguido con su “no” original porque al cambiarlo a un “sí” después de la rabieta, lo que consiguió fue que su hijo sintiera que su explosión había tenido el efecto deseable. Ha reforzado que en un futuro cuando no obtenga algo de su madre monte una pataleta para conseguirlo. Hubiera sido mejor para ambos que ella hubiera escuchado con atención a su hijo cuando le pidió ayuda por primera vez y hubiera pensado mejor su respuesta, en vez de ceder a los deseos del niño después de su rabieta. Si es “no” al principio, debe seguir siendo “no” al final.

No es fácil ser un niño, y pasar sin control de esos estados de ansiedad a explosiones de rabia. Tampoco es fácil ser el padre de un niño, y tener que convivir con ese estado emocional tan variable y mantenerlo en equilibrio. Pero el tiempo ayuda a todo el mundo. Gran parte de la turbulencia emocional se habrá calmado para cuando tu hijo haya completado su cambio de niño a niño en edad preescolar.

LAS RABIETAS QUEDAN ATRÁS

Tu hijo pequeño crecerá, se hará grande y podrá manejar mejor las cosas. Eso significa que tendrá menos frustración extrema en su vida diaria. También podrá conocer y comprender más, y su vida tendrá menos novedades que le asustan. A medida que pierde el miedo, dejará de necesitar tanta reafirmación de ti y gradualmente aprenderá a hablar libremente, no sólo acerca de las cosas que puede ver frente a él, sino acerca de las cosas que está pensando e imaginando. Con la ayuda del lenguaje también distinguirá entre fantasía y realidad. Una vez que llegue a este punto, podrá ser capaz de ver que la mayoría de sus peores miedos no son ciertos, y que la mayoría de las exigencias y restricciones que tú le impones son razonables.

Recordad lo que hablábamos del lenguaje, que a estas edades ya pueden aprender con la palabra y no será siempre necesario que comprueben sus actos para hacerlos o no hacerlos. Desde los 2-3 años hablar es una buena manera de educar y controlar las pataletas.

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